Andar es no tener un lugar
Personal project




ANDAR ES NO TENER UN LUGAR. UNA APROXIMACIÓN AL TRABAJO FOTOGRÁFICO DE MARIAN VENCESLÁ

Por José Eugenio Mañas

Actualmente la fotografía contemporánea, como lenguaje plástico, es  una herramienta con un gran potencial de comunicación, unas veces con una  relación ineludible con la realidad, ante la cual, el fotógrafo  se enfrenta de maneras distintas;  otras veces, atendiendo al punto de vista creativo, el fotógrafo no muestra la realidad tal como es, sino que la modifica a su antojo para construir nuevas realidades y a menudo nuevas irrealidades  transformando lo real en imaginado. Es entonces cuando lo cotidiano alcanza una nueva dimensión; las personas se transforman en personajes, los lugares en escenarios donde actúan esos personajes y los objetos en el atrezo que complementa cada acción. Es así como Marian Venceslá (Albacete, 1983) entiende la fotografía, no mostrando la realidad tal como es, sino dejando un amplio margen para la imaginación, en el que la fotografía adquiere una gran variedad de matices semánticos para imaginar historias en lugar de contarlas.

En sus últimos trabajos la artista construye sus fotografías a partir de la idea de caminata. La acción de caminar, como actividad inherente al ser humano, tiene para ella ciertos matices simbólicos y poéticos, el propio acto de caminar ya es en sí una obra de arte, es la primera acción estética de su proceso creativo, un acto de inspiración y una fuente de referencias para completar su proyecto artístico.  Dejarse llevar,  vagar sin rumbo es la más pura representación de  libertad, que no sólo  permite liberarnos de toda carga, sino que además, a la artista, por medio  de la observación, le permite descubrir y obtener ideas con las que habitar de nuevo  el espacio recorrido y dotarlo, con la incorporación de otros elementos,  de  significados distintos.

Esta acción de caminar puede relacionarse con la idea de  flâneur (cuya traducción literal del francés es “paseante”) termino que aparece en el siglo XIX  en los poemas de Charles Baudelaire - tomado a su vez  del cuento  El hombre de la multitud de Edgar Allan Poe- , en los que surge un personaje solitario, caminante, fascinado por la metrópolis moderna, que vaga sin rumbo en busca de inspiración y nuevas tendencias. La diferencia es que los espacios que transita Marian Venceslá son espacios pertenecientes a la  periferia, espacios que  limitan con la ciudad a un extremo y con la naturaleza al otro, lugares que conforman tanto el inicio como el fin de la urbe, territorios amenazados de ser transformados, que al final acaban convirtiéndose  en una zona confusa, ya que por un lado, la periferia es absorbida por la ciudad y por otro ésta absorbe a  la naturaleza. El resultado es una amalgama de ideas que generan confusión y extrañeza, potencia de  forma significativa la obra fotográfica y nos recuerda  lo que decía Susan Sontag en su libro Sobre la fotografía que “Todos los surrealistas eran   flâneurs aunque no lo supieran”.

Esta idea de flâneurs y ese “dejarse llevar” puede vincularse con el concepto de “deriva” formulado por Guy Debord en su ensayo Teoría de la deriva en el que se plantea una forma de investigación espacial y conceptual a través de la contemplación, disfrute y posterior transformación que proporciona el propio vagabundeo. Este concepto de deriva  está ligado a unas determinadas decisiones que hay que tomar a la hora de caminar y de enfrentarte a un espacio concreto. La artista,  al toparse con estos espacios, además de los propios efectos que el propio lugar ejerce sobre los sentimientos y las emociones,   experimenta con el mismo, bien de forma aleatoria, o bien estableciendo relaciones y cruzamientos, convirtiendo ese espacio en un lugar practicado y transformado a través de las situaciones que primero crea y después fotografía. Para la artista, esta especie de juego de  construcción y deconstrucción de  entornos, además de ser una forma de  experimentación es un modo de cuestionar la realidad y el medio y una manera de autorrealización humana.  En este  proceso el azar y lo impredecible juega un papel importante pues el resultado siempre es producto de algo que previamente no ha pensado.

Estos espacios donde desarrolla sus fotografías  también tienen mucho que ver con el concepto de Terrain Vagueacuñado por Ignasi de Solà-Morales   que profundiza en la ausencia de la metrópolis contemporánea, focalizando el interés  en las áreas abandonadas, en los espacios y edificios obsoletos e improductivos, a menudo indefinidos y sin un límite determinado,  unos espacios que no son lugares pero que tienen su propia identidad, y que enlazan a su vez con el concepto de frontera propuesto por Marc Augé.

De esta manera, el método de trabajo de la artista consiste en caminar, observar, estudiar el lugar, elegir a sus modelos y volver a estas localizaciones para situar a sus personajes y fotografiarlos en un entorno previamente estudiado con una singular puesta en escena, por lo que  podemos hablar de una fotografía construida y un planteamiento totalmente narrativo.  El resultado final es una fotografía con varios niveles de aproximación, donde cada una de sus imágenes puede funcionar a través de un código discursivo completamente autónomo.

A la artista, en este paisaje que está a caballo entre la ciudad y el campo, no le interesa la belleza del lugar ni de los elementos que encuentra, sino que, muchas veces, pone su acento en las cosas insignificantes que pasan desapercibidas para cualquier otro caminante. En mitad de ese paisaje aparecen los  protagonistas de sus fotografías.  Se trata de personajes anónimos con una identidad individualizada,  envueltos en una aureola extraña, presentados de forma aislada e inquieta, convirtiendo a su vez el propio paisaje en algo no menos inquietante. Estas relaciones que establece entre el paisaje y la presencia humana, donde lo no sucedido impera sobre lo que se cuenta realmente, nos lleva a una posición en los que nosotros mismo construimos nuestros propios miedos.  Es  un discurso en el que narra  pequeños fragmentos de la vida, el devenir  de una colectividad anónima, ciudadanos solitarios que no parecen tener un rumbo fijo o un lugar a donde ir y que bien podemos ser cada uno de nosotros en nuestra lucha diaria con la cotidianeidad.

Sus fotografías son estructuras simbólicas que traspasan la realidad mediante una acuciada descontextualización, una realidad de la que sus personajes parecen estar desconectados. Son personajes ensimismados y abstraídos, apenas ofrecen pistas de quienes son y qué es lo que hacen ahí, al contrario, su desubicación y disposición, a veces performativa, nos invita a imaginarnos y preguntarnos sobre cualquier aspecto relacionado con su identidad.

Para el  flâneur la  multitud de la ciudad sirve de refugio y es un acto que remarca su carácter de anonimato, en cambio los personajes que aparecen en las fotografías de Marian Venceslá parecen haber estado atrapados en un espacio opresivo y apocalíptico que  podría ser el entorno urbano y que han huido hacia un  espacio  intermedio y fronterizo entre la urbe y lo rural, un terreno que se presta a la magia, de ahí esa sensación de aislamiento y sensación de estar perdidos en mitad de la nada. Este aislamiento y desubicación es la más pura metáfora de la sociedad actual, con sus cambios,  la gran velocidad con la que caminamos, la tensión del día a día,  la agitación multitudinaria, y  sirve para poner en evidencia la perdida de la huella del individuo dentro de lo urbano que para  Baudelaire es la contraposición a la naturaleza y el paisaje con toda la carga de libertad que supone.

Estos personajes se fusionan con un espacio encontrado para crear un paisaje totalmente nuevo, ajeno a la realidad,  a veces inhóspito, inquietante y vacío de contenido, pero siempre lleno de emoción. Las personas y el espacio interactúan en silencio, consiguiendo excitar nuestra imaginación, penetran en nuestra retina   produciendo una sensación rara y un efecto casi irreal que además de provocar fascinación, nos inquietan y  anuncian que algo extraño  ha ocurrido o está a punto de suceder, además de provocar que le otorguemos un significado que va más allá de la realidad aparente.

En algunas fotografías, estas personas aparecen portando algún objeto cotidiano y banal lo que engrandece esa sensación de extrañeza, en otras fotografías en las que no aparecen personas los objetos se fusionan con el propio paisaje. En estas escenas donde no aparece el ser humano no hay dramatismo pero si sobrevuela una sensación de impersonalidad, convirtiéndose una vez más en  situaciones  llamativas, raras e incluso a veces catastróficas. Todo ello hace que la visión del espectador se centre en el objeto, que a menudo ocupa la parte central de la fotografía, y consideremos estos  objetos como parte del paisaje, transformándolo a conciencia en un espacio desinstitucionalizado, alejado de toda norma y si cabe mucho más abstracto con una incursión pacífica e inteligente de lo absurdo y la ironía.

Sus composiciones aparentemente sencillas pero precisas, la introducción de elementos inesperados e  improbables y misteriosos,  la tensión entre lo real e imaginario, la importancia de lo sensorial, muchas veces por encima de lo racional, la forma de ver la realidad desde una perspectiva no tradicional,  las situaciones imposibles que crea,  junto a ese efecto extraño  que deja al espectador desconcertado pero maravillado, hace que las historias que cuenta nos atrapen y no tengan fin, además de provocar que su trabajo se aproxime notablemente al Realismo Mágico.

En definitiva, son fotografías que muestran un tempo sobrecogedor y neutro donde la artista plasma los sentimientos  a modo de  historias cortas, como si de un fotograma de una película se tratara, escenas a medio suceder que congelan el devenir de los acontecimientos y es ahí donde entra en juego nuestra labor como  espectadores para desentrañar lo que quiere contarnos, descifrar y situar, a partir de esta narración, en que momento de la historia (presentación, nudo o desenlace) se encuentra la fotografía; además de manejar a nuestro antojo los encuentros y desencuentros que se producen en cada escena, para completar con nuestra imaginación historias que siempre parecen no estar concluidas. De esta manera, la historia  queda abierta a la interpretación del espectador y lo consigue magistralmente al crear imágenes fijas donde no se puede conocer el antes ni el después. Además de conformar todo un mundo de alegorías, sus fotografías  tienen un componente poético muy personal, una atmósfera extrañamente onírica y preciosa, composiciones tan atractivas que acaban atrapándonos para quedar siempre en ellas y no querer escapar.